lunes, 11 de noviembre de 2019

Miedo a lo diferente




En el Día de reflexión, escuché perplejo por la radio a una trabajadora social de Médicos del Mundo que lleva tres años formando a niños marroquíes que llegan solos a Melilla. Esta trabajadora contó cómo fueron tratados tres menores a su cargo en un establecimiento de la cadena McDonald´s. El encargado no permitió que se quedaran y les expulsó tomándolos por delincuentes. Por desgracia, no es el único caso ocurrido en esta ciudad y desde luego tampoco en el resto de nuestro país. Ante lo sucedido tengo que expresar mi total indignación.

Como expresaba Sami Naïr en Refugiados (2016): “Vientos lúgubres que recuerdan un pasado poco glorioso, el del odio y las persecuciones”. Desde hace años “el racismo y la xenofobia son sinónimos de rechazo hacia los forasteros, los inmigrantes”, comentaba Naïr. Las fobias van en aumento, como la aporofobia (miedo y rechazo hacia la pobreza y las personas pobres), y en este día tan señalado, creo que la reflexión no debería circunscribirse al día antes de la votación, sino a todos los días.
Me trasladé al siglo XVII, al “siglo de las luces”  en busca de algunas ideas para aportar algo de luz a las tinieblas comentadas, a las turbulencias políticas y a los conflictos sociales actuales, y me encontré con Baltasar Gracián (1601-1658) y su Arte de la prudencia, en donde en el aforismo 14 -sobre las formas y el trato- expone que “los malos modos todo lo corrompen, hasta la justicia y la razón. Los buenos todo lo remedian: doran el no, endulzan la verdad y hermosean la misma vejez”. Sin duda alguna, las formas y el trato que recibieron esos menores en el local de comida rápida mencionado es más que suficiente para reprochar su actitud. En el aforismo 116 -tratar siempre con gentes de principios-, explicaba Gracián que “no hay buenas relaciones con la ruindad porque carece de virtud”. Por ello, la confrontación sin fundamento y agresiva no es buena pasajera en el viaje de la vida. El miedo a lo diferente que se adueña y va corroyendo poco a poco nuestras entrañas es el enemigo público número uno. A ese es al que hay que combatir y no al más débil.




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